Por: Generación de 1970
Frente al espejo del tiempo, la memoria colectiva posee la virtud de rescatar del olvido los hitos que forjan la identidad de una comunidad. Para la promoción de 1970 del Liceo Dr. Roberto Humeres, recordar sus orígenes no es solo un ejercicio de nostalgia, sino un homenaje vivo a la fraternidad y a la rica historia de una institución centenaria, orgullosamente reconocida como el tercer liceo más antiguo de Chile.
Nuestra juventud transitó por una época de profundos ideales bajo el gobierno del presidente Eduardo Frei Montalva. En aquellas aulas, el aire respiraba republicanismo y civismo, inspirados fuertemente por el legado de uno de los exalumnos más ilustres de nuestro establecimiento y expresidente de la República: don Pedro Aguirre Cerda. Su eterno precepto, ‘Gobernar es educar’, no fue solo una frase de manual, sino el pilar con el que comenzamos a moldear el carácter de los hombres y mujeres que somos hoy. En este proceso formativo, resulta fundamental rendir un tributo de profunda gratitud a nuestros profesores. Fueron ellos quienes, con una vocación inquebrantable, nos entregaron lo mejor de sí en cada jornada. Más allá de las materias académicas, su guía fue un faro que nos templó para la vida, entregándonos las herramientas necesarias para convertirnos en personas fuertes, sanas y vitales, capaces de enfrentar cualquier adversidad con entereza.
Los lazos que nos unen se sellaron bajo el rigor de experiencias que también pusieron a prueba ese espíritu. Imposible no evocar los días del Servicio Militar o aquella histórica y exigente caminata hacia el sector de Los Patos, en las proximidades del límite con la República Argentina. En la inmensidad de la cordillera, desafiando las inclemencias del frío y el cansancio físico, aprendimos el verdadero significado de la lealtad, el compañerismo y la resiliencia; valores que se convirtieron en nuestro norte definitivo.
El devenir de los años nos condujo por caminos diversos. No obstante, la sólida base formativa recibida rindió frutos: la comunidad local nos vio transformarnos en profesionales íntegros, guiados siempre por principios éticos inquebrantables. Hoy, en un tramo maduro del camino, logramos comprender que el sentido de la existencia no radica en los éxitos pasajeros o materiales de un mundo secular, sino en aquello que nos trasciende. Al mirar hacia atrás, reconocemos con humildad una guía providencial en cada paso y la bendición de nuestra unión fraterna.
Ante la pérdida de seres queridos, mantenemos la convicción espiritual de que la muerte no tiene la última palabra y que ellos descansan ya en la gracia del Creador. Mantener encendido este fuego ha sido, sin duda, nuestra mayor victoria. Año tras año, nos convocamos con la misma fidelidad de la juventud para celebrar la vida. En cada uno de estos encuentros, los compañeros que ya partieron no son recordados con tristeza, sino honrados con el corazón. Ellos siguen presentes en nuestra mesa, en cada brindis y en cada anécdota compartida.
A todos los integrantes de esta querida comunidad que hoy mantienen en alto nuestra bandera, les hacemos llegar un abrazo fraterno y lleno de gratitud. Que el tiempo nos siga permitiendo encontrarnos para honrar nuestro pasado y abrazar nuestro presente.






