A través de una carta, la vecina de nuestra comuna, Sandra del Pilar Riquelme Barría, de 52 años de edad, realizó un crudo y potente descargo respecto a lo que ha sido su diario vivir con discapacidad, y cómo el sistema la ha vuelto «invisible» ante la sociedad.
Para entender la situación, la vecina enfrenta una artrosis severa y fibromialgia. Ha debido atravesar dos cirugías de endoprótesis total de rodilla y actualmente se encuentro en pleno proceso de recuperación, esperando una rehabilitación indispensable para volver a caminar con seguridad, recuperar fuerza muscular y reeducar su marcha. A eso, se le suma que vive sola en un cuarto piso -La Parrasía, Benigno Caldera, Block 211- y no cuenta con redes de apoyo en San Felipe, el valle ni la región.
Paradójicamente, Riquelme, quien es Técnico en Educación Diferencial, desde el 2018 trabaja apoyando mediante programa, a alumnas con discapacidad en el Liceo Bicentenario Corina Urbina Villanueva. Hoy, es ella la que necesita ese apoyo por parte de las instituciones competentes
La mujer explica que luego de su última operación en la rodilla, realizada el 20 de mayo de este año en Clínica Los Carreras, fue intervenida sin el acompañamiento suficiente y dada de alta sin controles posteriores agendados, dejándola a la deriva, según aseguró. Su rehabilitación sigue esperando, mientras ha tenido que lidiar con la burocracia de las instituciones que pueden ayudarla.
En parte del texto que dejaremos a continuación, la vecina expone la crudeza que existe en su día a día. Situaciones simples para algunos, para ella son batallas constantes que se enfrenta y que, lamentablemente, no ha podido superar.
«A quienes tienen la responsabilidad de dirigir nuestra comuna. A las autoridades encargadas de la salud pública, la discapacidad, el desarrollo comunitario, la inclusión y la protección de los derechos de las personas. A los medios de comunicación. Y, sobre todo, a cada persona que alguna vez ha sentido que dejó de ser vista», comienza en su misiva.
Riquelme estableció que «escribo porque siento que mi historia refleja una realidad que viven muchas personas con discapacidad en nuestro país: cuando el sistema responde tarde, cuando las instituciones actúan sin coordinación, cuando las barreras del entorno permanecen intactas y cuando la burocracia termina siendo más fuerte que la necesidad humana, la discapacidad deja de ser solo una condición de salud y pasa a convertirse en una forma cotidiana de exclusión.
«Soy una mujer que vive con artrosis severa y fibromialgia. He debido enfrentar dos cirugías de endoprótesis total de rodilla, la primera el 5 de julio de 2025 y la segunda el 20 de mayo de 2026. Actualmente me encuentro en pleno proceso de recuperación, esperando una rehabilitación indispensable para volver a caminar con seguridad, recuperar fuerza muscular y reeducar mi marcha.
«Sin embargo, mientras espero esa rehabilitación, mi cuerpo continúa perdiendo movilidad. Cada día que pasa sin terapia es un día en que mi musculatura se debilita aún más. Cada día que pasa es un día en que mi independencia se aleja un poco más. Mi mayor discapacidad hoy no es mi prótesis de rodilla, la artrosis ni la fibromialgia. Mi mayor discapacidad es un entorno que no fue diseñado para personas como yo; instituciones que no responden con la oportunidad que exige mi condición, veredas intransitables, accesos inseguros, falta de rehabilitación oportuna y decisiones administrativas que desconocen la realidad de quienes vivimos con movilidad reducida», comentó.
En esta línea, respecto a su día a día redactó que «cada escalón del cuarto piso representa un obstáculo que debo enfrentar con dolor, miedo e incertidumbre. Hay días en que simplemente no logro llegar a tiempo al baño. Hay días en que intento trasladar un plato de comida y termina cayendo de mis manos porque necesito apoyarme para evitar una caída. Hay noches en que el hambre aparece de madrugada porque durante el día no tuve fuerzas suficientes para preparar un alimento.
«He llegado a sobrevivir solamente con una taza de té o con un pedazo de pan, incluso cuando ese pan ya no estaba en buenas condiciones, porque permanecer de pie para cocinar se ha convertido en un desafío que muchas veces supera mis capacidades físicas. No puedo limpiar mi hogar como cualquier persona quisiera hacerlo. Me duele ver cómo mi casa se ensucia mientras mi cuerpo me impide mantenerla. No puedo ingresar con seguridad a la bañera, por lo que muchas veces debo asearme por partes. No porque quiera vivir así. Sino porque hoy esa es la única forma en que mi cuerpo me permite hacerlo. He llorado en silencio. He sentido miedo de volver a caer y no poder levantarme. He sentido la impotencia de depender de un cuerpo que ya no responde como antes. Y, por, sobre todo, he sentido algo que jamás imaginé experimentar después de tantos años dedicados al servicio de otras personas: la dolorosa sensación de volverme invisible.
«Lo que más duele no siempre es la enfermedad. Lo que más duele es tocar puertas una y otra vez, explicar la misma historia una y otra vez, entregar certificados, informes médicos, antecedentes sociales y solicitudes, para recibir como respuesta frases como: ‘Estamos revisando su caso’, ‘Debe esperar’, ‘No corresponde’, o simplemente ningún llamado. Mientras los procedimientos avanzan lentamente, mi cuerpo continúa deteriorándose. Mientras los expedientes esperan sobre un escritorio, mi autonomía desaparece día tras día», añadió.
Luego de su última intervención no solo no ha podido acceder a rehabilitación, sino que se sumó el rechazo de su licencia médica de manera inexplicable. «Mientras escribo estas líneas sigo esperando mi ingreso al proceso de rehabilitación del CRI, solicitado en el mes de junio. Cada día de espera significa pérdida de fuerza muscular, mayor rigidez, más dolor y menos posibilidades de recuperar oportunamente mi funcionalidad. La rehabilitación no es un beneficio adicional. Forma parte del tratamiento. Sin ella, una cirugía tan compleja como una endoprótesis total de rodilla pierde parte importante de sus posibilidades de éxito. La espera también enferma. La espera también deja secuelas. Y esas secuelas podrían evitarse mediante una atención oportuna.
«Como si aquello no fuera suficiente, la licencia médica otorgada desde el 22 de junio por sesenta días fue rechazada bajo el argumento de que mi condición correspondería a una patología crónica cuyo reposo no cumpliría un rol terapéutico. Sin embargo, mi licencia médica no obedece únicamente a una enfermedad crónica. Responde a un proceso de recuperación posterior a una cirugía mayor de reemplazo total de rodilla. La cual fue realizada vía Licitación o Convenio entre Fonasa y el sector Privado, en Clínica Los Carreras, en Quilpué, donde a arte de no prestarme el acompañamiento necesario y suficiente fui dada de alta, sin agendamientos de controles posteriores, dejándome a la deriva, sin un postoperatorio en seguimiento, sin ninguna explicación hasta el día de hoy. Afortunadamente pude gestionar una hora médica con traumatología HOSLA el 24 de Junio, donde me atiende la doctora dejándome con licencia médica y además orden de rehabilitación», estableció la vecina.
Sandra Riquelme también asegura que «he llamado a la Oficina de la Discapacidad. He recurrido a trabajadoras sociales. He solicitado apoyo a la Municipalidad. He presentado solicitudes mediante OIRS. He esperado respuestas del sistema de rehabilitación. He reunido antecedentes médicos. He cumplido con los procedimientos que se me han indicado. He esperado. Y he seguido esperando. Mientras tanto, mi cuerpo continúa perdiendo movilidad. Mi autonomía disminuye. Mi salud mental se deteriora. Y mi calidad de vida cambia día tras día.
«Ninguna persona debería sentirse obligada a recorrer un interminable laberinto de oficinas para demostrar una y otra vez que necesita ayuda. Las instituciones públicas fueron creadas para acercar soluciones a las personas, especialmente a quienes viven en condiciones de mayor vulnerabilidad, no para transformarse en nuevas barreras que dificulten aún más el acceso a sus derechos.
«No necesito discursos sobre inclusión. Necesito que la inclusión ocurra cuando una persona ya no puede cocinar, no puede asearse con seguridad, no puede bajar cuatro pisos sin riesgo de caer y debe esperar semanas o meses para acceder a una rehabilitación que resulta esencial para recuperar su autonomía.
«Me encuentro reaprendiendo a caminar. Necesito recuperar fuerza muscular. Necesito reeducar mi marcha. Necesito evitar nuevas caídas. Necesito rehabilitación especializada. Resulta profundamente difícil comprender cómo puede afirmarse que el reposo y la recuperación no cumplen un propósito terapéutico cuando aún ni siquiera he iniciado la rehabilitación indicada por los profesionales de salud. La recuperación funcional no comienza cuando una persona logra ponerse de pie. Comienza cuando existen condiciones reales para recuperar su independencia. Hoy esas condiciones todavía no existen», agregó.
Finalmente, y recordando que su carta no tiene el objetivo de culpar a alguien en específico, más bien, mostrar esta realidad oculta, solicitó a las autoridades lo siguiente:
«Como ciudadana. Como trabajadora. Como mujer. Como persona con discapacidad. Y como alguien que ha dedicado gran parte de su vida a promover la inclusión de otras personas, solicito respetuosamente:
«Primero. Que la Municipalidad de San Felipe realice una evaluación técnica participativa de las condiciones de accesibilidad existentes en el sector Benigno Caldera y sus alrededores, considerando la experiencia de personas con movilidad reducida, adultos mayores y vecinos con discapacidad.
«Segundo. Que las decisiones relacionadas con tránsito, estacionamientos y fiscalización incorporen una evaluación previa de sus efectos sobre personas con discapacidad y movilidad reducida, procurando medidas compatibles con la seguridad vial y el derecho a la accesibilidad.
«Tercero. Que se fortalezca el trabajo coordinado entre la Municipalidad, la Oficina de la Discapacidad, DIDECO, los establecimientos de salud y las redes comunitarias para entregar respuestas oportunas a personas que, como yo, viven solas y atraviesan procesos de rehabilitación complejos.
«Cuarto. Que se revisen los tiempos de espera para acceder a rehabilitación, considerando que cada día sin terapia puede afectar la recuperación funcional de quienes han sido sometidos a cirugías mayores.
«Quinto. Que las instituciones públicas fortalezcan los mecanismos de acompañamiento para personas con discapacidad que viven sin red de apoyo, especialmente cuando presentan dificultades para realizar actividades esenciales como alimentarse, asearse o desplazarse dentro de su propio hogar.
«Sexto. Que las personas con discapacidad seamos escuchadas antes de adoptar decisiones que afectan directamente nuestra vida cotidiana, porque nadie conoce mejor las barreras que quien debe enfrentarlas todos los días».
Para concluir, dijo: «Con respeto, pero también con la firmeza que nace de la experiencia. Sara del Pilar Riquelme Barría. Vecina de San Felipe. Trabajadora de la educación. Técnico en Educación Diferencial. Persona con discapacidad. Y, por sobre todo, una ciudadana que aún cree que los derechos humanos deben vivirse todos los días y no únicamente escribirse en una ley», cerró.






