Este 25 de agosto, Día Nacional del Titiritero y la Titiritera, el Valle del Aconcagua tiene una razón especial para celebrar. Nina Legrand y Hugo Hernández Urtubia, con más de 20 años de trayectoria, fueron reconocidos como cultores a través del Sistema de Información para la Gestión del Patrimonio Cultural Inmaterial (SIGPA). Dos caminos diferentes unidos por un mismo oficio: dar vida a personajes, contar historias y acercar el arte a las personas.
Hay algo particular cuando un títere cobra vida. Por unos minutos dejamos de mirar las manos que lo mueven. Un niño le habla, un adulto vuelve a conectarse con su infancia y aquello que era madera, tela, espuma o hilos comienza a tener voz, personalidad e historia. Parece magia, pero detrás existen años de aprendizaje, creación, viajes, funciones y una profunda necesidad de encontrarse con otros a través del arte.
Ese camino lo conocen bien Hugo y Nina, quienes han dedicado más de dos décadas al teatro de títeres y marionetas. Ser reconocidos como cultores significa poner en valor sus trayectorias, pero también un oficio que aporta a la cultura, la educación, la memoria y la vida comunitaria.
Porque un titiritero no solo entretiene. Cuenta historias, despierta la imaginación, transmite memoria, acerca el teatro a nuevos públicos y genera encuentros entre generaciones.
HUGO HERNÁNDEZ: LA CALLE TAMBIÉN ES UN ESCENARIO
Hugo Hernández Urtubia, creador de The Magic Show, ha desarrollado una extensa trayectoria como marionetista, llevando su arte a escenarios a nivel nacional e internacional. Ha participado en encuentros, festivales y diversas actividades culturales, pero existe un espacio que representa especialmente su manera de comprender el oficio: el teatro callejero.
En la calle sucede algo único. Alguien va caminando, se detiene frente a una marioneta y luego se suma otra persona. Aparecen los niños, permanecen los adultos y una plaza o una esquina cotidiana se transforma, por algunos minutos, en un teatro. Ahí también aparece el valor social de su trabajo: el arte sale al encuentro de las personas, sin exigir que ellas primero lleguen a una sala.
Tras más de 20 años dando vida a sus marionetas, Hugo ha construido una trayectoria marcada por la técnica, la experiencia y la sensibilidad para conseguir algo maravilloso: que el público deje de mirar los hilos y comience a creer en el personaje.
NINA LEGRAND: ARTE, TERRITORIO Y COMUNIDAD
Nina Legrand, titiritera, narradora, arteterapeuta comunitaria y gestora cultural, ha construido su trayectoria desde una mirada profundamente ligada al territorio. A través de Emotivarte, ha desarrollado y sostenido una Historia Cultural Comunitaria en el Valle del Aconcagua, entendiendo el arte no solamente como espectáculo, sino como una herramienta de encuentro, expresión, memoria y participación.
Su camino se ha tejido junto a escuelas, bibliotecas, juntas de vecinos, organizaciones sociales, barrios, infancias y familias. Los títeres, la narración oral, el juego y la educación emocional han sido parte de una forma de trabajar donde las comunidades no son solo público, sino protagonistas de su propia vida cultural.
«Para mí el arte tiene que estar cerca de la gente. Me importa llegar a los territorios, conocerlos, escuchar sus historias y generar experiencias que tengan sentido para quienes viven ahí. Cuando una comunidad siente la cultura como algo propio, ocurre algo muy potente», señaló Nina Legrand.
Esa mirada ha permitido sostener un trabajo cultural comunitario en distintos sectores del Valle del Aconcagua, con una convicción que ha acompañado su recorrido: la cultura no vive solamente en los grandes escenarios; también nace en una sede vecinal, una biblioteca, una escuela, una plaza o una población.
ORGULLOSOS DE SER PARTE DEL VALLE
Aunque sus caminos tienen identidades diferentes, ambos comparten algo esencial: el orgullo de pertenecer al Valle del Aconcagua y aportar desde sus propios lenguajes a su historia cultural.
Para Nina y Hugo, llevar su trabajo a otros lugares también significa representar un territorio donde existen artistas, cultores, organizaciones y comunidades que construyen cultura todos los días. Y en tiempos donde gran parte de la vida ocurre frente a una pantalla, los títeres siguen proponiendo algo profundamente humano: detenernos, mirar, escuchar e imaginar juntos.
Un títere puede ayudar a expresar una emoción, recuperar una historia, abrir una conversación o simplemente provocar una carcajada. En una calle, escuela o comunidad también puede acercar el teatro a quienes no siempre tienen acceso a espacios culturales.
CELEBRAR HACIENDO LO QUE AMAN
Este 25 de agosto, ambos celebrarán el Día Nacional del Titiritero y la Titiritera haciendo aquello que ha dado sentido a sus trayectorias: encontrarse nuevamente con el público. Gracias al financiamiento recibido en el marco de esta conmemoración, realizarán dos funciones para comunidades educativas de San Felipe.
A las 11:00 horas, Nina Legrand y la Compañía Emotivarte presentarán ‘Nina y su Pulga Domesticada’ en la Escuela Carolina Ocampo de San Felipe. A las 14:00 horas, Hugo Hernández Urtubia y la Compañía The Magic Show presentarán ‘Varieté de Marionetas Musicales en la Escuela Mateo Cokljat de San Felipe.
Dos artistas, dos lenguajes y más de dos décadas de historia que hoy permiten decir con orgullo que desde el Valle del Aconcagua también se crea, se comparte y se mantiene vivo el patrimonio titiritero. Porque detrás de cada personaje hay unas manos, pero también una historia, un territorio y años de oficio.
Quizás ahí está el verdadero sentido de ser titiritero: lograr que las manos desaparezcan, que un personaje cobre vida y que, por unos minutos, volvamos a encontrarnos alrededor de algo tan sencillo y poderoso como una historia. Mientras exista alguien dispuesto a contarla y otro dispuesto a imaginarla, los títeres seguirán vivos.





